Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Todos los hombres, en aquel país, montaban a caballo sin brida, sin estribos y sin silla, objetos que les eran desconocidos por completo. Los hice construir a propósito, y admirados el Rey y los señores de la Corte de aquello que creían un invento mío, me colmaron de regalos y de riquezas.

Como yo frecuentaba la Corte con mucha asiduidad, cierto día me dijo el Rey:

—Simbad, yo te estimo y quiero que todos mis vasallos te conozcan y quieran como yo. Así, pues, te ruego que te cases a fin de que el matrimonio te retenga en mis Estados y no pienses en volver a tu patria.

No podía yo oponerme a semejante ruego, y me dió por esposa una joven de su corte, noble, hermosa, prudente y rica.

Terminada la ceremonia nupcial, me establecí en la casa de mi esposa, con la cual viví, algún tiempo en la más perfecta armonía.

Enfermó la mujer de un vecino nuestro, al que me unía muy estrecha amistad, y no me separé de su lado hasta que aquélla murió.

El pobre marido parecía no poder sobrevivir al dolor que semejante pérdida le producía, y le dije para consolarlo:

—Dad gracias a Dios que os conserve la vida y pedidle que os la prolongue por muchos años, para pensar en la amada difunta.


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