Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señor —le dije—, estoy profundamente asombrado de la costumbre que existe en vuestros Estados de enterrar a los vivos con los muertos.
—¡Qué quieres, Simbad! —me respondió—. Es una ley de la que yo mismo no puedo eximirme. Si la Reina, mi esposa, muriese antes que yo…
—Pero, señor —le interrump×, supongo que los extranjeros no están obligados a observar esa costumbre.
—Te engañas, Simbad —me contestó el Rey sonriendo.
Volvà a mi casa apenado por tan tremenda noticia.
El temor de que mi esposa muriese antes que yo y que me sepultaran vivo con ella, hacÃa que me entregase a tristes reflexiones. Temblaba de pies a cabeza a la menor indisposición de mi mujer y suplicaba a Dios fervorosamente que me la conservara; pero ¡ay!, enfermó, al fin, gravemente y murió en pocos dÃas. ¡Imaginaos lo que pasarÃa por mÃ!
El Rey acompañado de toda su corte, quiso honrar con su presencia la fúnebre comitiva, y las personas más notables de la ciudad me hicieron el honor de asistir al sepelio.
Procedióse conmigo y con mi mujer de la misma manera que en el entierro de que os he hablado.