Las mil y una noches
Las mil y una noches A medida que, dentro de mi ataúd, en el que habían colocado las provisiones de costumbre, descendía al fondo del pozo, iba examinando, a favor de la luz que entraba de arriba, la disposición del subterráneo, que era una gruta vastísima. Bien pronto sentí un hedor insoportable, exhalado por los numerosos cadáveres que yacían por todas partes.
En cuanto llegué al fondo, salí del ataúd y me alejé de aquellos cuerpos putrefactos.
Pude sostenerme algunos días con los panes y el agua que me habían entregado; pero, agotadas mis provisiones, me dispuse a morir.
Sólo esperaba ya la muerte, cuando observé que levantaban la piedra del pozo y dejaban caer un cadáver y una persona viva.
El muerto era un hombre.
Me acerqué cautelosamente al sitio donde había quedado el ataúd de la mujer, y, provisto de un hueso, descargué sobre la cabeza, de ésta tan terrible golpe, que no pudo lanzar ni un quejido. Con sus provisiones pude sostenerme unos días más.