Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Repetía esta operación con otra desventurada, cuando percibí un ligero ruido y, al volverme, vi un bulto que huía. Seguí a aquella sombra durante mucho rato y distinguí a lo lejos una luz que semejaba una estrella. Continué avanzando hacia aquella luz, y descubrí, finalmente, que penetraba por una hendedura de la roca lo bastante ancha para dejar paso al cuerpo de un hombre.

Embargado por la emoción que tal descubrimiento me produjo, quedé un momento como aturdido; me repuse en seguida, pasé por la hendedura y me encontré en la orilla del mar.

Os dejo pensar cuál sería mi alborozo.

Cuando, tras un breve descanso y respirando a plenos pulmones, fuí dueño por completo de mis sentidos, comprendí que el bulto que yo había visto y seguido no era otra cosa que un ave de rapiña que penetraba en el subterráneo para devorar los cadáveres.

Volví a entrar en el cementerio, tomé los panes y el agua, comí con avidez a la luz del sol y me dediqué luego a despojar a los cadáveres de sus joyas y de sus ricos vestidos, todo lo cual amontonaba en la playa para hacer un gran fardo, valiéndome de las cuerdas que habían servido para bajar los ataúdes.


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