Las mil y una noches
Las mil y una noches Al cabo de tres días divisé un buque que pasaba a corta distancia del lugar donde me encontraba, y vistas las señales que yo hacía con mi turbante, al mismo tiempo que gritaba con todas mis fuerzas, el capitán envió una chalupa para recogerme.
Contesté a los preguntas que me hicieron los marineros diciéndoles que dos días antes me había salvado de un naufragio, juntamente con mis mercancías, y cuando estuvimos a bordo el capitán rehusó las joyas que yo quería regalarle por el auxilio que me había prestado.
Pasamos por delante de muchas islas, entre ellas la de la Campana, distante diez jornadas de la isla de Serendib, con viento favorable, y seis de la isla de Kela, en cuyo puerto echamos el ancla.
Realizamos allí magníficos negocios comerciales y nos hicimos nuevamente a la vela con rumbo a otros puertos, en los que continuamos nuestro tráfico, con mucho provecho.
Por último, llegué felizmente a Bagdad, poseedor de inmensas riquezas y resuelto a darme la mejor vida de los hombres de mi clase y condición.