Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Mas, apenas habían terminado su sabrosa comida, divisáronse a lo lejos en el horizonte dos gruesas nubes, y el capitán a quien había confiado yo la dirección de mi buque, sabiendo lo que aquello significaba, díjome que eran los padres del roc muerto y que era preciso que volviésemos a bordo si queríamos escapar al peligro que nos amenazaba.

Los dos enormes pájaros cerniéronse un momento sobre nuestras cabezas, y con gran sorpresa por nuestra parte retrocedieron por donde habían venido, cuando ya nos creíamos perdidos sin remedio.

No duró, empero, mucho nuestra alegría, pues a los pocos momentos reaparecieron, llevando cada uno en las garras dos peñascos que parecían montañas. Revolotearon sobre la nave unos instantes, y cuando creyeron que no podía fallarles el golpe dejaron caer uno de los peñascos; pero la habilidad del timonel, que viró rápidamente, nos libró de aquel peligro. Mas, por desgracia, el otro roc dejó caer también la mole que transportaba, y dando de lleno en el centro del buque, lo sumergió, con toda la tripulación y pasajeros. Yo, empero, pude salir a flote tras no pocos esfuerzos, y agarrado a una tabla fuí arrastrado por las olas hasta la costa de la isla.

Me senté sobre la hierba para descansar y tomar alientos, y me interné luego en la isla para reconocer el terreno.


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