Las mil y una noches

Las mil y una noches

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De pronto divisé, sentado sobre la margen de un río, a un viejo que, al parecer, estaba muy enfermo. Suponiendo, al primer momento, que era un pobre náufrago como yo, me acerqué a él, saludándole con una inclinación de cabeza.

—¿Qué hacéis aquí? —le pregunté.

Pero, en vez de contestarme, me hizo señas de que me lo cargase a las espaldas y le pasase a la otra orilla del río, donde se proponía, según creí entender, coger algunas frutas.

Así lo hice, y cuando hube llegado a la opuesta margen, le dije, inclinándome para que pudiera hacerlo con más facilidad:

—Bajad ahora, puesto que ya estáis servido.

Pero aquel viejo, que habíame parecido tan enfermo y decrépito, cruzó sus piernas sobre mi pecho y asiéndome con ambas manos por el cuello me apretó con tal fuerza que casi me asfixió. Aflojó luego el anillo de hierro que eran sus manos, y dándome fuertes golpes en el pecho, me obligó a enderezarme y a proseguir mi camino, con él a cuestas, a través de los árboles, haciendo que me detuviera para que él comiera la fruta que iba cogiendo. Llegó la noche, y creí que al fin me soltaría, pero me engañé. Permitió, sí, que me echara en tierra para dormir, pero continuó montado sobre mis espaldas.


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