Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Transcurrieron de esta forma varios días, hasta que, en cierta ocasión, encontré en mi camino varias calabazas secas. Tomé la de mayor tamaño, y después de haberla limpiado cuidadosamente, comencé a exprimir en ella racimos de uva, pues en aquella isla abundan extraordinariamente las viñas. Hecho esto, deposité la calabaza en un lugar a propósito para que fermentara el líquido, y pasados varios días me ingenié de modo que el viejo me condujese allí.

Tomé entonces la calabaza y bebí con fruición un vino exquisito, que me hizo olvidar por un momento mi triste situación.

Notó el viejo el efecto producido por aquella bebida, y cogiendo la calabaza, apuró con avidez todo su contenido, que no era escaso, pues había la cantidad suficiente para emborrachar a dos hombres.

No tardó el vino en subírsele a la cabeza; comenzó a cantar a su manera y a golpearme en la cabeza, pero con menos fuerzas que de costumbre, hasta que, por fin, se le aflojaron las piernas, desprendióse de mi cuello y cayó pesadamente sobre la hierba, privado de los sentidos. Entonces cogí con ambas manos un peñasco y le aplasté su maldita cabeza.


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