Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Contentísimo de verme libre del cruel anciano, me encaminé a la playa, donde encontré a varios tripulantes de un buque que acababa de fondear para proveerse de agua, los cuales, cuando les hube contado mi aventura, me condujeron a bordo.

Salí de la isla en compañía de aquellos hombres, y de arribada a un puerto de gran comercio, nos dedicamos a coger cocos, fruto muy abundante en el país. Llegamos a un espeso bosque compuesto de árboles altos, rectos, y de tronco tan liso que, a pesar de nuestros esfuerzos, no nos fué posible subir hasta las ramas como lo hizo, con sorprendente agilidad, una bandada de monos, chicos y grandes, huyendo de nosotros apenas nos presentamos en el bosque.

Como la necesidad es madre de la ciencia, apedreamos con furor a los monos, y los animales, que comprendieron sin duda nuestro designio, cogían cocos, arrojándolos con unos gestos y unas contorsiones que demostraban bien a las claras su justa cólera. Así es que, en pocos minutos, llenamos nuestros sacos, cuando de otro modo nos hubiera sido imposible conseguirlo.

Repitióse la operación, que me produjo considerable ganancia, pues luego en la isla de Camari cambié los cocos por madera de áloe, y me consagré día y noche a la pesca de perlas, que allí tanto abundan.


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