Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Al punto fuí en busca de manzanas a todas las plazas y tiendas, pero no pude hallar una sola, aunque ofrecía por ella un cequí. Volví a casa, desazonado de haberme tomado inútilmente tanta molestia, y en cuanto a mi esposa, cuando volvió del baño y no vió las manzanas, sintió un pesar que no la dejó dormir en toda la noche. Madrugué y recorrí todos los huertos; pero con tan poco éxito como el día anterior. Encontré únicamente a un labrador anciano, quien me dijo que, por mucha molestia que me diese, no las hallaría sino en el huerto de Vuestra Majestad en Bassora.

Como yo amaba entrañablemente a mi mujer y no quería culparme de no echar el resto en complacerla, tomé un traje de viajero, y después de haberla enterado de mi intento, marché a Bassora. Dime tanta prisa, que estuve de vuelta a los quince días y traje tres manzanas que me habían costado un cequí cada una. Eran las únicas que había en el huerto, y el hortelano no había querido dármelas más baratas. Al llegar se las presenté a mi esposa, pero me hallé con que ya se le había pasado el antojo; así que se contentó con recibirlas y ponerlas junto a si. Continuaba, sin embargo, enferma, y no sabía qué remedio aplicar a su dolencia.



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