Las mil y una noches
Las mil y una noches A los pocos dÃas de mi llegada, hallándome sentado en mi tienda, en el paraje público donde se venden toda clase de ricas telas, vi entrar un grande esclavo negro, de muy mala catadura, llevando en la mano una manzana que conocà ser una de las tres que yo habÃa traÃdo de Bassora. No podÃa dudarlo porque sabÃa que no habÃa ninguna en Bagdad ni en todos los huertos de los alrededores. Llamé al esclavo.
—Buen esclavo —le dije—, infórmame en dónde has cogido esa manzana.
—Es un regalo que me ha hecho mi querida —respondió sonriéndose—. Hoy fuà a verla y la hallé algo enferma. Vi que tenÃa allà tres manzanas, y le pregunté de dónde se las habÃa agenciado, y me respondió que su marido habÃa emprendido un viaje de quince dÃas sólo para ir a buscárselas, y que se las habÃa traÃdo. Cenamos juntos, y al marcharme he cargado con ésta.
Semejante especie me causó un trastorno indecible. Me levanté, y después de haber cerrado la tienda, corrà ansioso a mi casa y subà al aposento de mi mujer. Miré al pronto si estaban las tres manzanas, y no viendo más que dos, pregunté qué se habÃa hecho de la otra. Entonces mi mujer, volviendo la cabeza hacia donde estaban las manzanas, y no viendo sino dos, me contestó con despego:
—Primo, yo no sé lo que se habrá hecho.