Las mil y una noches
Las mil y una noches Terminado el banquete y cuando mis servidores hubieron levantado los manteles, nos sentamos ambos en un diván y le presenté un plato de confites para que se endulzase la boca. Noté que también los cogÃa con la mano izquierda.
—Señor —le dije entonces intrigado—, ¿serÃa indiscreción preguntaros por qué no os servÃs de la mano derecha?
El joven exhaló un hondo suspiro, y sacando el brazo, que hasta entonces habÃalo tenido oculto bajo su túnica, vi que tenÃa cortada la mano.
—¿Qué desgracia os ha ocurrido?
Y él me contó la historia que vais a oÃr.