Las mil y una noches
Las mil y una noches —No hay tiempo que perder —me dijo ésta, al mismo tiempo que abriendo uno de los cofres me ordenaba que me metiese dentro—; esto es necesario para mi seguridad.
Cuando yo hube obedecido, el eunuco confidente llamó a sus compañeros y les mandó que llevasen nuevamente los cofres al buque.
Embarcó luego la dama, y los eunucos comenzaron a remar con rumbo a los departamentos de Zobeida.
Llegó la embarcación al pie de la puerta de Palacio, y en el momento de entrar se oyó una voz que gritaba:
—¡El Califa! ¡El Califa!
Al oÃrla, creà morir de miedo.
—¿Qué lleváis en esos cofres? —preguntó el Califa a la favorita.
—Comendador de los creyentes —repuso aquélla—, son telas que quiere ver la esposa de Vuestra Majestad.
—Y yo también —contestó el Califa—; abrid esos cofres.
Fué preciso obedecer.
TodavÃa me estremezco al pensar en el pavor que se apoderó de mÃ.