Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Sentóse el Califa, y la favorita dió orden de que llevasen a su presencia todos los cofres, que fué abriendo lentamente. Como no estaba ella menos interesada que yo en que el juego no se descubriera, iba enseñando al soberano pieza por pieza, ponderando y haciéndole observar la belleza del dibujo y la calidad de cada tela.

Con esta estratagema se proponía ganar tiempo y hacer desistir al Califa de su empeño.

—Acabemos —dijo el soberano—; veamos ahora qué contiene ese cofre —añadió, señalando aquél en el que yo me hallaba encerrado.

Viendo la favorita que el Califa estaba firmemente resuelto a llevar a cabo su examen, dijo prontamente:

—En cuanto a éste, señor, ruego a Vuestra Majestad que me permita no abrirlo sino en presencia de vuestra esposa Zobeida.

—Perfectamente —repuso el Califa—. Haced que transporten todos los cofres al departamento de Zobeida.

Así lo hizo la favorita, pero en cuanto depositaron en su aposento el cofre en que yo estaba temblando, lo abrió apresuradamente y me dijo, señalando una escalera que conducía a las habitaciones del piso superior:

—Subid y esperadme allá arriba.


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