Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Cuando la favorita se encontró libre, apresuróse a subir al aposento donde la esperaba y me pidió que la perdonase de haber sido la causa involuntaria de los justos temores que me habían asaltado.

Permanecimos largo rato en amorosa conversación, y al fin me dijo la dama:

—Ya es hora de que os retiréis a descansar; mañana os presentaré a Zobeida, sin que haya nada que temer, porque el Califa sólo la visita de noche.

Animado por esta seguridad, dormí tranquilamente hasta bien entrado el nuevo día.

La favorita me condujo a un salón de magnificencia y riqueza inconcebibles.

No había hecho más que entrar cuando aparecieron veinte esclavas, ya de alguna edad, con vestidos completamente iguales, las cuales fueron a colocarse, en dos filas, delante de un trono.

Zobeida hizo luego su entrada con aire majestuoso, tan cargada de joyas y de piedras preciosas que apenas podía andar.

Seguíala su favorita.

En cuanto la mujer del Califa estuvo sentada en el trono, una de las esclavas me hizo señas de que me acercase. Obedecí al punto y fuí a postrarme a los pies de Zobeida.


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