Las mil y una noches
Las mil y una noches Terminadas, al fin, todas las ceremonias, nos condujeron a la cámara nupcial, y en cuanto nos quedamos solos me acerqué a mi esposa para abrazarla; pero ella, en lugar de corresponder a mis transportes amorosos, me rechazó con violencia y prorrumpió en gritos espantosos, de suerte que acudieron todas las damas a nuestro aposento.
—Hermana mía —dijeron a un tiempo a mi esposa—, ¿qué os ha sucedido? Decídnoslo todo para que podamos auxiliaros.
—¡Quitad de mi vista a ése, hombre grosero! —exclamó mi mujer.
—¡Ah, señora! ¿Qué he hecho para tener la desgracia de incurrir en vuestro enojo?
—¡Sois un grosero! —me respondió con airado acento—; habéis comido ajo y os presentáis a mí sin haberos lavado las manos. ¿Creéis que podré yo soportar a un hombre tan mal educado?
Y añadió, dirigiéndose a las damas:
—Tendedlo en el suelo y que me traigan un vergajo.
Al punto fueron cumplidas sus órdenes, y mientras unas me sujetaban por los brazos y las otras por los pies, mi mujer descargaba furiosos golpes sobre mí, hasta que le faltaron las fuerzas para levantar el vergajo.