Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Llevadlo al Juez de policía —dijo entonces— para que le corten la mano con que ha tocado el manjar de ajo.

—Hermana —objetaron las damas—, lleváis demasiado lejos vuestro resentimiento. Es cierto que este hombre no sabe vivir en vuestro ambiente y que ignora vuestra jerarquía y las consideraciones que os son debidas; pero os suplicamos que le perdonéis.

—No estoy satisfecha aún —replicó mi esposa—; quiero que aprenda a vivir y que lleve por siempre señales de su grosería, de suerte que no se le vuelva a ocurrir probar el ajo sin lavarse en seguida las manos.

Y dicho esto, hizo que me tendieran de nuevo en el suelo, tomó una navaja de afeitar y con una crueldad inconcebible me cortó los dedos pulgares de las manos y de los pies.

Rendido por la emoción y por el dolor, perdí el conocimiento, y cuando volví en mí vi que me habían hecho una cura para contener la sangre que manaba de mis heridas.

—Señora —dije entonces a mi mujer—, si vuelvo a probar guisos condimentados con ajo, os juro que me he de lavar las manos ciento veinte veces con álcali, ceniza y jabón.

—Sólo con esa condición olvidaré el pasado y os permitiré vivir a mi lado —me dijo ella.


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