Las mil y una noches
Las mil y una noches Ésta es, señores —prosiguió el mercader de Bagdad, dirigiéndose a los convidados—, la razón que tenÃa para negarme a comer de este manjar:
Y añadió:
—Al cabo de un año mi mujer cayó gravemente enferma y murió en pocos dÃas. Hubiera podido volver a casarme y vivir cómodamente en Bagdad; pero mi manÃa por recorrer mundo me sugirió otros designios. Vendà mi casa, y después de haber comprado muchas telas, me unà a una caravana de mercaderes y fuà a Persia. De allà pasé a Samarcanda, de donde vine para establecerme en esta ciudad.
Ahora, señor —dijo el proveedor al califa de Casgar—, ya conocéis la historia del mercader de Bagdad que comió ayer en el banquete al que yo asistÃ.
—Esa historia —repuso el Sultán— encierra, en efecto, algún interés; pero no tanto como la del jorobado.
Entonces adelantóse el médico y, postrándose a los pies del Sultán, exclamó:
—Puesto que tanto agradan a Vuestra Majestad las historias, quisiera contaros una.
—La escucharé gustoso —repuso el soberano—, pero si no es más interesante que la del jorobadito, te mandaré ahorcar.