Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Diciendo esto, lo llevó a un lugar del molino en que había una cama. Allí lo dejó y se retiró con su mujer al aposento donde solían dormir. A media noche, el molinero fué a buscar a mi hermano.

—Vecino —le dijo—, ¿estáis durmiendo? Tengo la mula enferma y mucho trigo que moler, y así me haríais gran favor si dierais vueltas al molino en su lugar.

Bacbuc, deseando manifestarle que era hombre dispuesto, le respondió que estaba pronto a darle gusto y que no tenía más que enseñarle lo que había de hacer. Entonces el molinero lo ató por la cintura como una mula que da vueltas a la tahona, y luego, largándole un latigazo:

—Vamos, vecino —le dijo.

—¿Y por qué me pegáis? —le preguntó mi hermano.

—Es para daros ánimo —le respondió el molinero—, porque, a no ser así, mi mula no camina.

Bacbuc extrañó aquel procedimiento, pero, sin embargo, no se atrevió a quejarse. Cuando hubo dado cinco o seis vueltas, quiso descansar; pero el molinero le descargó una docena de latigazos, gritándole:

—Ánimo, vecino, no hay que pararse; caminad sin cobrar aliento; si no, echaríais a perder la harina.


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