Las mil y una noches
Las mil y una noches El molinero obligó a mi hermano a dar vueltas a su tahona toda la noche, y al amanecer le dejó atado, y al fin acudió la esclava y lo desató.
—¡Ah! ¡Cuánto os hemos compadecido mi buena ama y yo! —exclamó la malvada—. Ninguna parte nos cabe en la burla que os ha hecho el amo.
El desventurado Bacbuc nada respondió, tan cansado y molido estaba de los golpes; pero se volvió a casa formando el firme propósito de no pensar más en la molinera.
La narración de esta historia —prosiguió el barbero— hizo reír al Califa.
—Vete —me dijo—, vuélvete a casa; van a darte algo de mi parte para consolarte de haber errado el convite que esperabas.
—Comendador de los creyentes —repliqué—, ruego a Vuestra Majestad que me permita no recibir nada hasta que le haya referido la historia de mis demás hermanos.
El Califa me manifestó con su silencio que estaba pronto a escucharme, y así proseguí en estos términos: