Las mil y una noches
Las mil y una noches 
MI segundo hermano, llamado Bakbarah, el desdentado, andando un día por la ciudad, encontró a cierta vieja en una calle extraviada, que se le acercó y le dijo:
—Tengo una palabrita que deciros y os ruego que os paréis un momento.
Paróse mi hermano, preguntándole lo que venía, a querer, y ella repuso:
—Si os huelga venir conmigo, os llevaré a un magnífico palacio en donde veréis a una señora más hermosa que la luz. Os admitirá con mucho gusto, y os dará una colación con exquisitos vinos. No necesito explicarme más.
—¿Y es cierto lo que me decís? —replicó mi hermano.
—No soy una mentirosa —repuso la vieja—; nada os propongo que no sea positivo; pero escuchad lo que os exijo: hay que manifestar cordura, hablar poco y tener infinita condescendencia.
Bakbarah se sujetó a estas condiciones, la anciana echó a andar delante, y él la siguió. Llegaron a la puerta de un gran palacio, en donde había muchos criados y esclavos que quisieron detener a mi hermano; pero luego que la vieja habló, lo dejaron pasar a sus anchas. Entonces ésta se volvió a mi hermano y lo dijo: