Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Ya os tengo dicho —contestó Bakbac— que os pedía una limosna por Dios.

—Buen ciego, lo más que puedo hacer por vos es rogar a Dios que os restituya la vista.

—Bien podíais decírmelo a la puerta —replicó mi hermano—, y ahorrarme el trabajo de subir.

—Y vos, simplón, bien podíais responder luego de haber llamado, cuando os pregunté quién va, y evitar a los vecinos el trabajo de bajar a abrir, ya que os responden.

—¿Y qué me queréis, pues? —dijo mi hermano.

—Ya os tengo dicho —respondió el amo—. Dios os ampare.

—Siendo así, ayudadme a bajar, ya que me ayudasteis a subir.

—Delante tenéis la escalera; bajad solo, si os place.

Empezó a bajar mi hermano, pero fuésele el pie a la mitad de la escalera, y resbaló hasta abajo, lastimándose los riñones y la cabeza.

Levantóse con sumo trabajo, y fuése murmurando y quejándose del amo de aquella casa, el cual se quedó riendo a carcajadas.


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