Las mil y una noches
Las mil y una noches Al salir, pasaban por allí dos ciegos camaradas suyos que le conocieron la voz, y detuviéronse para preguntarle qué tenía. Contóles lo que le había pasado, díjoles que en todo el día no había hallado cosa alguna, y añadió:
—Suplícoos que me acompañéis hasta mi casa para tomar delante de vosotros un poco de dinero del que los tres tenemos en común y comprar de que cenar.
Convinieron en ello, y fuéronse los tres a su casa.
Preciso es advertir que el amo de la casa de donde mi hermano salió tan mal parado, era un ladrón, muy sagaz y mal intencionado; el cual, como oyera desde la ventana lo que dijo Bakbac a sus compañeros, fuéles siguiendo, y entró con ellos en el miserable albergue de mi hermano. Sentáronse los ciegos, y dijo mi hermano:
—Hermanos, es necesario cerrar la puerta, y asegurarse de que no hay aquí ningún extraño.
Muy apurado se vió el ladrón al oír aquellas palabras; pero notando que había casualmente una cuerda que colgaba del techo, agarróse a ella y mantúvose encaramado mientras los ciegos cerraban la puerta y tantearon todo el aposento con sus palos.
Tomada esta precaución y sentados otra vez, bajó el de la cuerda y fué a sentarse poquito a poco junto a mi hermano, que, pensando estar solo con los ciegos, les dijo: