Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Hermanos, puesto que me habéis hecho depositario del dinero que hace tiempo recogemos los tres, voy a probaros que no desmerezco la confianza que en mí tenéis. Ya sabréis que la última vez que contamos, teníamos diez mil dracmas, y los pusimos en diez talegos. Ahora veréis que están intactos.

Y alargando la mano por debajo de unos trastos viejos, sacó uno tras otro los talegos, y entregándolos a sus camaradas, prosiguió:

—Aquí están; por el peso conoceréis que están cabales, o bien, si queréis, vamos a contarlos.

Pero, habiéndole contestado sus camaradas que se fiaban de su honradez, abrió un talego y sacó diez dracmas, sacando igual cantidad cada uno de los demás.

En seguida volvió a poner mi hermano los talegos en su lugar, y luego dijo uno de los ciegos que no tenía, necesidad de gastar aquel día cosa alguna para cenar, porque él tenía provisiones suficientes para los tres, merced a la caridad de la gente de bien. Con esto sacó de su zurrón pan, queso y algunas frutas, lo puso todo encima de una mesa, y principiaron a comer. El ladrón estaba a la derecha de mi hermano, e iba escogiendo lo mejor y comiendo con ellos; pero por más que procuraba no hacer ruido, sintióle Bakbac cómo mascaba, y voceó al punto:

—¡Estamos perdidos! ¡Entre nosotros hay un extraño!


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