Las mil y una noches

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Y diciendo esto alargó la mano, asió del brazo al ladrón y echósele encima gritando: ¡al ladrón!, dándole fuertes puñetazos; los demás ciegos aumentaron la vocería apaleando al ladrón, quien por su parte se defendió lo mejor que pudo; como era robusto y tenía la ventaja de ver dónde asestaba sus golpes, dábalos muy tremendos, ora al uno, ora al otro, cuando lo dejaban libre para hacerlo y gritaba también: ¡ladrones!, aun más recio que sus contrarios. Al oír aquel estruendo, acudieron pronto los vecinos, echaron la puerta abajo y costóles sumo trabajo separar a los combatientes; hasta que habiéndolo por fin conseguido, preguntáronles: la causa de aquella riña.

—Señores —dijo mi hermano sin desasirse del ladrón—, este hombre que aquí tengo es un ladrón que se ha introducido en mi casa para robarnos el poco dinero que tenemos.

El ladrón, en cuanto vió llegar a los vecinos, había cerrado los ojos, y fingiéndose ciego también, dijo:

—Señores, éste es un embustero; os juro por el nombre de Dios y la vida del Califa, que yo estoy asociado con ellos, y se niegan a darme la parte que me toca; los tres se han declarado contra mí, y pido se me haga justicia.

Los vecinos no quisieron entender de su contienda y los llevaron todos ante el Juez de policía.


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