Las mil y una noches
Las mil y una noches Puestos ante el magistrado, el ladrón, sin aguardar a que le preguntasen, y haciéndose siempre el ciego, dijo:
—Señor, puesto que tenéis a vuestro cargo la administración de justicia por parte del Califa, cuyo poder haga Dios prosperar, os declararé que mis tres compañeros y yo somos igualmente criminales; pero como estamos comprometidos mediante juramento a no declarar sino a fuerza de palos, en caso de que queráis saber nuestro crimen no tenéis más que mandarnos apalear, empezando por mÃ.
Mi hermano querÃa hablar, pero le impusieron silencio, y sujetaron al palo al ladrón.
Puesto al palo el ladrón, tuvo bastante constancia para sufrir veinte o treinta golpes, hasta que aparentando que le vencÃa el dolor, abrió primero un ojo, y después el otro, clamando misericordia y rogando al Juez de policÃa que mandase parar los palos. Quedó el Juez admirado de ver que el ladrón le miraba con los ojos abiertos, y le dijo:
—¡Ah, pÃcaro! ¿Qué viene a ser ese milagro?
—Señor —dijo el ladrón—, voy a descubriros un secreto importante, si prometéis perdonarme y me dais la sortija que tenéis en el dedo y os sirve de sello; estoy pronto a poneros en claro todo el misterio.
El Juez mandó suspender el apaleamiento, entrególe la sortija y le ofreció perdonarle.