Las mil y una noches
Las mil y una noches —Fiado en vuestra promesa —repuso el ladrón—, os declaro, señor, que mis camaradas y yo vemos muy claro todos cuatro, y nos fingimos ciegos para entrar libremente en las casas y penetrar hasta los aposentos de las mujeres, donde abusamos de su flaqueza; confieso ademas que con este ardid tenemos ganadas diez mil dracmas en sociedad, y que habiendo en este dÃa pedido a mis cofrades las dos mil y quinientas que me corresponden por mi parte, me las han negado, porque les he manifestado que yo querÃa retirarme, y ellos, por temor de que yo los delatase, se han arrojado sobre mà y me han maltratado del modo que pueden atestiguar las personas que a vuestra presencia nos han traÃdo. Espero, señor, de vuestra justicia, que me haréis restituir las dos mil y quinientas dracmas que me pertenecen, y si queréis que mis camaradas confiesen ser verdad lo que yo digo, mandad que les sean aplicados tres veces tantos palos como yo he recibido, y veréis cómo abren los ojos lo mismo que yo.
Mi hermano y los otros dos ciegos trataron de sincerarse de tan horrenda impostura; pero el Juez, ni oÃrlos quiso, diciendo:
—Malvados, ¿asà os atrevéis a fingiros ciegos para engañar a la gente implorando su caridad y cometer tan perversas acciones?
—Es una impostura —exclamó mi hermano—. Es falso que veamos ninguno de nosotros: a Dios tomamos por testigo.