Las mil y una noches

Las mil y una noches

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En balde fué cuanto dijo mi hermano, pues tanto él como sus camaradas recibieron doscientos palos cada uno. El Juez estaba esperando que abriesen los ojos, y atribuía a suma terquedad lo que era imposible que sucediese; y entretanto el ladrón iba diciendo a los ciegos:

—Desastrados, abrid los ojos, y no deis lugar a que os maten a palos.

Y en seguida, encarándose con el magistrado, le decía:

—Señor, estoy viendo que llevarán al extremo su maldad y que por más que se haga, no abrirán los ojos, pues sin duda no quieren pasar por la vergüenza de leer su condena en las miradas de los demás: lo mejor es perdonarles y hacer que venga alguno conmigo para tomar las diez mil dracmas que tienen escondidas.

El Juez, harto crédulo, mandó acompañar por uno de sus dependientes al ladrón, quien trajo los diez talegos; y contándole dos mil y quinientas dracmas, quedóse él con los demás, y compadeciéndose de mi hermano y sus compañeros, contentóse con desterrarlos. En cuanto supe yo lo que le había sucedido a mí hermano, corrí en su busca, y habiéndome explicado su desgracia llevéle sigilosamente a la ciudad, donde me hubiera sido fácil sincerarle ante el Juez de policía y hacer castigar al ladrón cual merecía; mas no me atreví a ello, por temor de que a mí también me sucediese algún fracaso.


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