Las mil y una noches
Las mil y una noches Principió a darse fuertes golpes en la cabeza, lanzando tales gritos, que al instante atrajeron a los vecinos, quienes quedaron tan admirados como él al saber lo que pasaba.
—¡Quisiera Dios —exclamó llorando mi hermano— que ese maldito viejo se presentara aquà en este momento con su traza hipocritona!
No bien hubo dicho estas palabras, cuando lo vió venir a lo lejos, y corriendo hacia él arrebatadamente, echóle mano, y gritó cuanto pudo:
—¡Favor, musulmanes, favor! OÃd la picardÃa que me ha hecho este mal hombre.
Al mismo tiempo contó al gentÃo que se habÃa agolpado lo mismo que ya habÃa explicado a sus vecinos.
Pero, después que hubo concluido, el viejo le dijo con mucha sorna:
—Más os valiera que me soltarais y me desagraviaseis con esta acción de la afrenta que me dais delante de tanta gente, evitándome asà el disgusto de daros a vos otra mayor.
—¿Qué tenéis que decir de m� —le replicó mi hermano—; yo soy un hombre que ejerzo honradamente mi profesión, y no os temo.