Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—¿Conque vos queréis que lo publique? —repuso el anciano en el mismo tono—; pues bien: sabed todos —añadió encarándose con el pueblo— que, en lugar de vender carne de carnero, vende carne humana. Sí, sí —continuó entonces el viejo—; ahora mismo tenéis un hombre degollado y colgado fuera de la tienda como un carnero; no hay más que ir allá y veráse como digo verdad.

Antes de abrir el cofre donde estaban las hojas, mi hermano había muerto un carnero y lo había colgado, como siempre, fuera de la tienda; así que, protestaba ser falso cuanto decía el anciano: mas, a pesar de sus protestas, el crédulo populacho se dejó preocupar contra un hombre a quien se imputaba un hecho tan atroz, y quiso averiguarlo al instante. Obligaron a mi hermano a soltar al viejo, apoderándose de él, y corrieron furibundos hacia su tienda, donde hallaron efectivamente al hombre degollado y colgado, tal como había dicho el acusador; pues es preciso saber que este viejo era mago y los había alucinado a todos, lo mismo que había hecho con mi hermano, haciéndole tomar las hojas por dinero.

Al ver aquello, uno de los que tenían asido a Alcuz, dándolo un fuerte puñetazo, le dijo:

—Hola, pícaro, ¿así te atreves a hacernos comer carne humana?

Y el viejo, que tampoco le había dejado, le descargó otro con que le quitó un ojo.


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