Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Cuando sucedió esta trágica aventura a mi cuarto hermano, yo me hallaba ausente de Bagdad. Retiróse a paraje recóndito, donde permaneció hasta que tuvo curada la magulladura de los palos que en el espinazo le habían descargado; y cuando se halló en estado de poder andar, marchóse de noche y por caminos desviados a una ciudad donde nadie le conocía, y allí, en un cuarto que alquiló, se estuvo sin salir casi nunca de día. Cansado por fin de vivir siempre encerrado, fué un día a pasear por un arrabal, donde sintió repentinamente un gran estruendo de caballos que tras él venían.

Hallábase casualmente cerca de la puerta de una casa grande; y como de resultas de lo que le había pasado, todo le sobresaltaba, temió que aquellos soldados de a caballo no viniesen a prenderle, y así fué que abrió la puerta para esconderse; pero habiéndola vuelto a cerrar y metídose en un gran patio, saliéronle al encuentro dos criados que le agarraron por los cabezones diciéndole:

—Gracias a Dios que vos mismo venís a poneros en nuestras manos: valga por lo que nos habéis dado que hacer en tres noches seguidas que nos habéis tenido sin dormir, y merced a nuestra maña, si hemos podido librar nuestras vidas de la dañada intención que traíais.

Juzgad cuán atónito quedaría mi hermano con aquella bienvenida.


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