Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Hombres de Dios —les contestó—: ignoro lo que me estáis diciendo, y sin duda me equivocáis con otro.

—No, no —repusieron—; ya sabemos que tanto vos como vuestros compinches sois ladrones de profesión: pues no contentos con haber robado a nuestro amo todo lo que tenía y reducídole a la indigencia, aun armáis asechanzas contra su vida. Y si no, veamos si conserváis la navaja que teníais anoche en la mano cuando nos perseguíais.

Diciendo esto, le registraron y halláronle encima una navaja.

—¡Qué tal! —Le dijeron asiéndole más fuertemente—; ¿aun os atreveréis a negar que sois un ladrón?

—¿Cómo es eso? —replicó mi hermano—. ¿No puede un hombre llevar navaja sin ser ladrón?

Escuchad mi historia —añadió—, y estoy seguro de que, en vez de tenerme en tan mal concepto, os compadeceréis de mis desgracias.

Muy ajenos los criados de escucharle, arrojáronse encima de él, le pisotearon, desnudáronle y rasgáronle la camisa; y viendo entonces las cicatrices que en las espaldas tenía:

—¡Ah, perro! —Le dijeron sacudiéndole más recio—, tratabas de hacernos creer que eras un hombre de bien, y tu espinazo nos dice ahora quién eres.


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