Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—¡Infeliz de mí! —exclamó mi hermano—, muy graves han de ser mis pecados para que, después de haber sido maltratado tan injustamente, lo tenga que ser otra vez sin más culpa que la primera.

En lugar de ablandarse los dos criados con sus lamentos, lleváronle al Juez de policía, quien le dijo:

—¿Cómo has tenido atrevimiento para entrar en su casa y perseguirlos con la navaja en la mano?

—Señor —respondió el pobre Alcuz—, no hay hombre en el mundo más inocente que yo, y estoy perdido si vos no os dignáis oírme con paciencia; creed que soy verdaderamente digno de compasión.

—Señor —dijo interrumpiéndole uno de los criados—, no deis oídos a un ladrón que se introduce en las casas para robar y asesinar a la gente. Si dudáis en creernos, no tenéis más que mirarle el espinazo.

Al decir esto, desnudó las espaldas de mi hermano y las enseñó al Juez, el cual mandó, sin necesidad de más averiguaciones, que acto continuo le diesen cien corbachadas, y que después le paseasen por la ciudad sobre un camello, con un hombre que iba delante gritando:

—Mirad cómo son castigados los que se introducen furtivamente en las casas.


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