Las mil y una noches
Las mil y una noches Concluido este paseo, echáronle fuera de la ciudad, con prohibición de volver a poner los pies en ella; y habiéndome dicho donde se hallaba unas personas que después de esta desgracia le encontraron, fuí a verle y acompañéle secretamente a Bagdad, donde le socorrí del mejor modo que me permitían mis cortas facultades.
El califa Mostanser Billah —prosiguió el barbero— ya se rió menos de esta historia que de las pasadas, y tuvo la bondad de compadecerse del malhadado Alcuz.
Quiso otra vez que me diesen alguna cosa para que me marchara; pero, sin dar tiempo a que se llevara a efecto su orden, volví a tomar la palabra, diciendo:
—Mi soberano dueño y señor, ya veis que soy corto en el hablar; y puesto que Vuestra Majestad me ha hecho la gracia de oírme Hasta aquí, suplicóle tenga la dignación de escuchar también las aventuras de mis otros dos hermanos, que no dudo le divertirán tanto como las anteriores. Vuestra Majestad podrá redondear con ellas toda una historia, que no creo desdiga de las demás de su librería.
Así tendré el honor de deciros que mi quinto hermano se llamaba Alnaschar…
Accedió el Califa, y el barbero siguió hablando en estos términos: