Las mil y una noches
Las mil y una noches 
EN tanto que vivió nuestro padre, Alnaschar fué muy perezoso; pues, en vez de trabajar para ganarse el sustento, no se avergonzaba de ir a mendigarlo por las noches, y al día siguiente se mantenía con lo que había recogido. Murió nuestro padre de vejez, dejándonos por toda herencia setecientas dracmas de plata, las que nos repartimos con igualdad, de modo que nos cupieron cien por parte. Alnaschar, que jamás se había visto con tanto dinero junto, hallóse muy apurado en darle empleo, y estuvo mucho tiempo cavilando sobre el particular, hasta que, por fin, resolvió invertirlo en vasos, botellas y otros enseres de vidriería, que fué a comprar en casa de un mercader al por mayor. Colocó toda su mercancía en una canasta, y alquilando una tiendecita sentóse allí, con la canasta delante y de espaldas a la pared, esperando que viniesen los compradores. Hallándose en esta posición, clava la vista sobre su canasta, empieza a discurrir, y en medio de sus cavilaciones prorrumpe en las siguientes palabras en voz bastante alta para que las oyese un sastre que tenía por vecino: