Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Esta canasta —dijo— me cuesta cien dracmas, y he aquí todo lo que poseo en el mundo. Vendiéndolo al por menor, fácilmente haré doscientas dracmas y volviendo a emplear estas doscientas dracmas en vidriería, juntaré cuatrocientas. Continuando de este modo, reuniré con el tiempo cuatro mil dracmas; de cuatro mil, fácilmente llegaré a ocho mil; y cuando llegue a tener diez mil, dejaré la vidriería y me haré joyero. Negociaré en diamantes, perlas y toda clase de pedrerías; y como atesoraré cuantas riquezas pueda apetecer, compraré una hermosa casa, muchas heredades, esclavos, eunucos, caballos… tendré rica y abundante mesa y haré mucho estruendo en el mundo. Llamaré a mi casa a todos los músicos de la ciudad, bailarines y bailarinas. No pararé aún aquí, pues si Dios es servido, juntaré hasta cien mil dracmas, y cuando posea este capital, me tendré en tanto como un príncipe, y pediré por esposa a la hija del gran Visir, mandando decir a este ministro que habré oído contar maravillas de la hermosura, discreción, talento y demás altas prendas de su hija, y finalmente que le daré mil monedas de oro para la primera noche de mi desposorio. Si el Visir fuese tan descortés que me negase su hija, lo que es imposible que suceda, iré a robarla a sus propias barbas y la llevaré a mi casa contra su voluntad. En cuanto esté casado con la hija del gran Visir, le compraré diez eunucos negros, los más jóvenes y más gallardos que se encuentren.


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