Las mil y una noches
Las mil y una noches No esperaba mi hermano tanta cortesanía, y dando gracias a los porteros, entró con su permiso en el palacio, que por ser tan grandioso, tardó mucho tiempo en llegar al aposento del Barmecida.
Penetró, finalmente, hasta un grande edificio cuadrado de hermosísima arquitectura, y entró por un atrio, tras el cual descubrió un jardín muy delicioso, con caminos de morrillo de varios matices que alegraban la vista.
Casi todos los aposentos inferiores que en torno se veían eran descubiertos; se cerraban con grandes cortinas que ocultaban los rayos del sol, y se abrían para tomar el fresco cuando aquél se había puesto.
Un sitio tan delicioso hubiera causado admiración a mi hermano, a no tener el ánimo tan conturbado. Entró, por fin, en un salón ricamente adornado y pintado de follajes de oro y azul, donde descubrió a un hombre venerable con una larga barba blanca, que estaba sentado en el sitio de honor de un sofá, por lo que juzgó que era el señor de la casa. Efectivamente, era el mismo Barmecida, que le recibió con el mayor afecto, preguntándole qué se le ofrecía.
—Señor —le respondió mi hermano con acento lastimero—, soy un infeliz que necesito la asistencia de las personas poderosas y liberales como vos. A nadie mejor podía haberme encaminado que a un señor dotado de mil prendas relevantes.