Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El Barmecida manifestóse admirado de la respuesta de mi hermano.

Llevando luego sus dos manos al pecho, como para rasgarse el vestido en señal de quebranto:

—¿Es posible —exclamó— que estando yo en Bagdad, un hombre de vuestras circunstancias se halle en tal necesidad? Esto no puedo yo consentirlo.

Persuadido mi hermano con aquellas demostraciones de que iba a darle una prueba nada equívoca de su liberalidad, dióle mil bendiciones y dijóle que le deseaba toda suerte de prosperidades.

—No quiero que se diga que os he desamparado —repuso el Barmecida—, ni consiento en que vos me abandonéis a mí.

—Júroos, señor —replicó mi hermano—, que no he comido cosa alguna en todo el día.

—¿Es cierto —dijo el Barmecida— que a estas horas estéis en ayunas? ¡Pobre hombre! ¡Está muriéndose de hambre! Hola, muchacho —añadió esforzando la voz—, traigan al punto el agua y la palangana para lavarnos las manos.

Y, sin embargo de que no compareció criado alguno ni vió mi hermano palangana ni agua, no por esto dejó el Barmecida de restregarse las manos lo mismo que si alguien le hubiese estado echando agua, y mientras aquello hacía, iba diciendo a mi hermano:

—Vaya, llegaos y lavaos las manos conmigo.


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