Las mil y una noches
Las mil y una noches Juzgó mi hermano con aquello que el señor Barmecida era amigo de chanzas, y como él también era de condición jovial y sabía, por otra parte, que los pobres deben ser complacientes con los ricos, para sacar de ellos buen partido, llegóse a él e hizo lo que él estaba haciendo.
—Vamos —dijo el Barmecida—, traigan la comida pronto, que no tengamos que esperar.
Después de haber dicho estas palabras, aunque no habían traído cosa alguna, hizo como si hubiese tomado algo en un plato, y empezó a llevarlo a la boca y a masticar aire, diciendo a mi hermano:
—Comed, buen huésped, comed lo mismo que si estuvierais en vuestra casa. Comed, pues para estar hambriento, paréceme, amigo, que andáis con hartos cumplimientos.
—Nada de eso, señor —le contestó Schacabac, remedando lo mejor que podía sus muecas—; ya veis que no pierdo el tiempo y que desempeño perfectamente mi papel.
—¿Qué tal os parece este pan? —añadió el Barmecida—; ¿no es verdad que es excelente?
—Ciertamente, señor —respondió mi hermano, sin ver más pan que otro manjar alguno—: jamás lo había comido tan blanco y exquisito.