Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Siendo así —repuso el Barmecida—, rellenaos bien de él, que os juro que la panadera que tan buen pan amasa me costó quinientas monedas de oro.

Después de haber hablado el Barmecida de su esclava panadera, y hecho mil alabanzas de su pan, que mi hermano tan sólo estaba comiendo idealmente, gritó:

—Muchacho, tráenos otro plato.

Y aunque ningún muchacho se vió, siguió diciendo a mi hermano:

—Vaya, buen huésped, probad de este guisado y decidme si habéis comido jamás carnero hecho con trigo mondado que con éste pueda compararse.

—Riquísimo está —respondió mi hermano—, y como a tal le estoy tratando cual merece.

—¡Que me place! —dijo el señor Barmecida—. Es tal la satisfacción que yo experimento en veros comer con tan excelente apetito, que os suplico no dejéis nada de este plato, puesto que tanto os gusta.

A poco rato, pidió un ganso con salsa agridulce hecha con vinagre, miel, pasas, garbanzos e higos secos, cuyo guisado fué servido como lo había sido el de carnero.

—¡Ah! ¡Qué gordo está el ganso! —dijo el Barmecida—. Tomad una pierna y una pechuga; pero haced de modo que os quede apetito para los muchos platos que aun faltan.


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