Las mil y una noches
Las mil y una noches Pidió, en efecto, otros muchos platos diferentes; y mi hermano, al propio tiempo que se estaba muriendo de hambre, hizo ademán de comer de todo, ponderó muy particularmente un cordero relleno de alfóncigos que mandó servir, y lo fué del mismo modo que los platos anteriores.
—¡Oh! Lo que es este manjar —dijo el señor Barmecida— no se come más que en mi casa, y me daréis gusto si os saciáis bien de él.
Diciendo esto, hizo como si tuviese un pedazo en la mano, y llevándolo a la boca de mi hermano, añadió:
—Tomad, comed este bocado y me diréis si tengo razón en alabar ese plato.
Alargó mi hermano la cabeza, abrió la boca y aparentó que tomaba, mascaba y engullía el bocado con sumo placer.
—Bien sabía yo —repuso el Barmecida— que os había de gustar.
—Jamás comí cosa más delicada —contestó entonces mi hermano—, y hay que confesar que es bien espléndida vuestra mesa.
—Traigan ahora el sainete —gritó el Barmecida—; no dudo que ha de contentaros tanto como el cordero. ¿Qué tal, qué os parece?