Las mil y una noches
Las mil y una noches —DeliciosÃsimo —respondió Schacabac—; sabe a ámbar, a clavo de especia, a nuez moscada, a jengibre, a pimiento y a las hierbas más olorosas, cuyos aromas están proporcionados de modo que el uno no embota al otro, y todos se perciben a un mismo tiempo. ¡Oh!, ¡qué placer!
—Veamos, pues, si honráis cual se merece este sainete —siguió diciendo el Barmecida—; comed, comed, os lo ruego. ¡Ea, muchacho —añadió esforzando la voz—, traednos otro sainete!
—No más, por Dios —interpuso mi hermano—; júroos, señor, que me es imposible pasar nada más: estoy que reviento.
—Levanten, pues, todo esto —dijo el Barmecida— y traigan las frutas.
Estuvo un rato esperando, como para dar lugar a que los criados sirviesen.
Luego, añadió:
—Probad estas almendras, que son buenas y frescas.
Ambos hicieron ademán de mondar las almendras y comerlas.
Seguidamente, rogando el Barmecida a mi hermano que tomase otra friolera, le dijo:
—Ahà tenéis frutas de todas clases, empanadas, confituras secas, compotas; tomad lo que más os agrade.