Las mil y una noches
Las mil y una noches Y luego, alargando la mano como si hubiese presentado alguna cosa:
—Tomad —añadió— esta pastilla, que es excelente para facilitar la digestión.
Schacabac aparentó tomarla, diciendo:
—Señor, también tiene almizcle.
—Estas pastillas se hacen en mi casa —respondió el Barmecida—, y tanto en esto como en todo lo que en ella se hace, nada se escatima.
Aun volvió a instar a mi hermano para que comiese, diciéndole:
—Para un hombre que estaba sin desayunarse cuando entró en esta casa, paréceme, amigo, que habéis comido muy poco.
—Juro a vuestra señorÃa —respondió mi hermano, a quien le dolÃan las quijadas a fuerza de mascar el aire—, que me hallo tan lleno que no sabrÃa dónde meter un solo bocado más.
—Ahora, huésped mÃo —repuso el Barmecida—, preciso es que bebamos, puesto que tan bien hemos comido. Supongo que beberéis vino.
—Su señorÃa me dispensará de beber vino —dijo mi hermano—, porque es cosa que me está vedada.
—Escrupuloso sois en demasÃa —replicó el Barmecida—: imitadme a mÃ.