Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Si lo deseáis de más fuerza —respondió el Barmecida—, no tenéis más que pedir, pues en mi bodega lo hay de muchas calidades; a ver si éste os gustará.

Con esto hizo ademán de echar de otro vino, primero para sí y luego para mi hermano, y repitió tantas veces la misma operación, que fingiendo Schacabac habérsele calentado la cabeza con la bebida, principió a hacer el borracho, y levantando la mano dió al Barmecida un golpe tan recio en la cabeza que le echó por tierra; iba a descargar más golpes, pero presentándole el Barmecida el brazo para evitarlo, le dijo:

—¿Estáis loco?

A lo que se contuvo mi hermano, diciéndole:

—Señor, os habéis dignado recibir en vuestra casa a este esclavo y darle un espléndido banquete, y en vez de limitaros, como debíais, a darle de comer, le habéis hecho beber vino, sin embargo de que os dijo que sería fácil os faltase al respetó debido, lo que siento en el alma, y os pido por ello perdón.

No bien hubo concluido estas palabras, cuando, en lugar de encolerizarse el Barmecida, prorrumpió en carcajadas, diciendo:

—Mucho tiempo hacía que estaba buscando un hombre de vuestro genio.

El Barmecida hizo a Schacabac toda clase de obsequios, y le dijo:


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