Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—No tan sólo os perdono el golpe que me habéis dado, sino que deseo que en lo sucesivo seamos amigos y no tengáis más casa que la mía; puesto que os habéis acomodado tan bien a mi genio y tenido paciencia para aguantar la broma hasta el fin, ahora vamos realmente a comer.

Al concluir estas palabras dió algunas palmadas, y mandó a varios criados que fueron acudiendo que pusiesen la mesa, en lo que fué prontamente obedecido, y mi hermano pudo entonces paladear todos los manjares que sólo idealmente había probado.

Después de la comida sirvieron vino, y al propio tiempo sé presentaron muchas esclavas hermosas y ricamente vestidas, las cuáles entonaron varias canciones agradables acompañadas de armoniosos instrumentos.

En suma, nada faltó para que Schacabac quedase más que satisfecho de la generosidad y agasajo del Barmecida, que, estando prendado de él, tratóle con familiaridad y le mandó dar un vestido de su guardarropa.

Comprendió el Barmecida que mi hermano tenía mucha oficiosidad y discreción para todos los quehaceres, y a los pocos días ya le confió el cuidado de toda su casa y hacienda, cuyo empleo estuvo sirviendo a las mil maravillas por espacio de veinte años.


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