Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Por más que dijo mi hermano, manifestándole su pobreza y procurando ablandarle con sus lágrimas, nada pudo conseguir del beduino, antes viendo éste frustrada la esperanza que había concebido, de sacar de él una buena cantidad, enfurecióse de modo que tomando una navaja, hendióle los labios, a fin de vengarse con esta inhumanidad del chasco que le había cabido. Después de haberlo guardado algún tiempo, y viendo que no podía sacar ningún provecho de él, le atormentó bárbaramente, y montándole sobre un camello, le llevó a la cumbre de una altísima montaña, donde le dejó desamparado.

Estaba aquella montaña junto al camino de Bagdad, donde le vieron unos pasajeros y me dieron noticia de que allí estaba; me trasladé allí a toda prisa, halléle en el estado más infeliz que cabe imaginar, y, dándole los auxilios que necesitaba, lo conduje otra vez a la ciudad.

Esto conté al califa Mostanser Billah, añadió el barbero, y aquel Príncipe me aplaudió con nuevas carcajadas.

—Ahora sí que ya no dudo —me dijo— que os dieron con justicia el título de callado, y no habrá quien diga lo contrario; sin embargo, por ciertas causas que yo me sé, os mando que salgáis inmediatamente de la ciudad, y haced de modo que no oiga hablar más de vos.


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