Las mil y una noches
Las mil y una noches Fué preciso obedecer, y pasé muchos años viajando en países lejanos, hasta que al fin supe que había muerto el Califa, con cuyo motivo regresé a Bagdad, donde no hallé vivo a ninguno de mis hermanos.
En esta ocasión fué cuando hice al joven cojo el importante servicio que habéis oído, y sois testigo de su ingratitud y tropelía, prefiriendo apartarse de mí y de su patria más bien que darme pruebas de su reconocimiento.
Cuando supe que se había marchado de Bagdad, puesto que nadie supo decirme de fijo dónde se había encaminado, no por esto dejé de ponerme en camino para buscarle, y hace ya mucho tiempo que corro de una a otra provincia, habiéndole encontrado en este día cuando menos lo pensaba. No esperaba, por cierto, hallarle tan enconado contra mí.
De este modo terminó la sultana Scheznarda esta larga serie de aventuras a que diera ocasión la supuesta muerte del jorobado; y como ya empezaba a rayar el día, guardó silencio; visto lo cual, se le encaró su querida hermana Diznarda, diciéndole:
—Princesa y Sultana mía, la historia que acabáis de contar me complace tanto más cuanto que termina con una novedad para mí inesperada, pues creí absolutamente muerto al jorobado.