Las mil y una noches
Las mil y una noches Tras una larga y feliz travesía, llego el joven a la capital del reino de Chazamán; pero a la entrada misma del puerto naufragó el barco que le conducía y estuvo a punto de perecer. No obstante, como era buen nadador, ganó la orilla, precisamente junto al palacio de Chazamán, donde fué recogido y cuidado por expresa orden del Rey.
El gran Visir, sabiendo que Marzabán era astrólogo, le habló de la enfermedad de Camaralzamán, y el joven expresó su deseo de visitarlo con objeto de ver si había medio de curarle.
El Visir condujo al sabio a las habitaciones del Príncipe, que estaba a la sazón acompañado de su padre.
—¡Cielos! —exclamó al verle—. ¡Qué parecido tan asombroso! —añadió, recordando a la Princesa de la China.
Camaralzamán, que estaba en el lecho, abrió los ojos y miró fijamente a Marzabán, quien se aprovechó de aquella ocasión aparentemente para saludarlo, pero en realidad para contarle, con frases que él no podía comprender, la historia de la Princesa y el estado en que ésta se hallaba.