Las mil y una noches
Las mil y una noches El rostro del enfermo se iba iluminando poco a poco, y cuando Marzabán hubo terminado, suplicó al Rey que le dejase a solas con el astrólogo. Chazamán le complació, enajenado de gozo por el feliz cambio que se había operado en su hijo.
—Príncipe —dijo Marzabán, cuando hubo salido el Rey—, hora es ya de que cesen nuestras penas. Conozco a la mujer que amáis: es la princesa Badoure, hija del rey de la China. Ella no sufre menos que vos y es preciso que la curéis con vuestra presencia. Mas para emprender tan largo viaje, es necesario estar completamente sano; por lo tanto, ahora sólo debéis pensar en curaros.
Al cabo de pocos días, el Príncipe se hallaba en disposición de emprender el viaje, y, valiéndose de una estratagema, para evitar que el rey Chazamán le impidiese ir a China, salió de la capital como si fuese de cacería, y embarcándose en el puerto más próximo en compañía de Marzabán, llegaron felizmente al término de su larga excursión.
Marzabán, en vez de llevar al Príncipe a su casa, le alojó en la posada de los extranjeros, e instruido convenientemente sobre lo que debía hacer y decir, al siguiente día se presentaba Camaralzamán en las puertas de Palacio disfrazado de astrólogo.