Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señor —le dijo—, todos los médicos y astrólogos que han visitado a la Princesa eran unos ignorantes; mas el que ahora ha venido, sin verla siquiera, la ha curado.
Y le refirió lo que habÃa visto.
Enajenado de alegrÃa, corrió el Rey a abrazar al PrÃncipe, tomó luego una mano de éste, la puso entre las de su hija y le dijo:
—Afortunado extranjero, quienquiera que seas, te la doy por esposa.
—Y yo lo acepto gustosÃsima —repuso la Princesa.
Entonces Camaralzamán se dió a conocer, diciendo que no era astrólogo sino prÃncipe e hijo de reyes.
Se celebraron en seguida las bodas con gran magnificencia y los esposos vivieron algunos meses completamente felices.
Pero una noche soñó Camaralzamán que su padre se hallaba moribundo, y al despertarse, dominado aún por la emoción que su triste sueño le habÃa producido, expresó a su esposa el deseo de trasladarse a la corte de su padre. La Princesa se obstinó en acompañarle, y el rey de la China, aunque la separación habÃa de resultarle muy dolorosa, consintió en que su hija acompañase a Camaralzamán, a condición, empero, que habÃan de regresar ambos al cabo de un año.